Bogotá, Caca de Perros, Infraestructura y Malos costumbres en la política pública Quiteña

Bogotá, Caca de Perros, Infraestructura y Malos Costumbres en la Política Pública Quiteña

Por Matthew Carpenter-Arévalo @EcuaMatt

Estuve conversando con mi cuñado, una de las personas con quién más me gusta conversar de política, cuándo me contó una historia que tal vez no tiene giros inesperados pero que dice mucho sobre nuestra relación con las políticas públicas.

Quito desde mi kasa

Quito desde mi kasa

Mi cuñado vive en Washington y me contó que había salido a caminar con su perro cuando el más chiquito de los dos decidió hacer caca. Mi cuñado, siendo un tipo muy educado, recogió la caca, pero no pudo encontrar donde depositarla. Pasó más que una media hora buscando hasta por fin encontrar un basurero.

Eso es el fin de la historia. Les dije que no había giros inesperados.

Washington, D.C.

Washington, D.C.

A pesar de la falta de drama, los dos sacamos varias conclusiones sobre el relato.

Mi cuñado, por ejemplo, admitió que si estuviera en el Ecuador y no pudiera encontrar un basurero, tal vez sentiría la libertad de no recogerla, o la dejaría depositado al lado de un árbol. Viendo cómo mi calle está dotada de pequeños regalos dejados por nuestros amigos más lindos e ignorados por sus dueños más indiferentes, creo que hay mucha gente en el Ecuador que haría igual.

Habiendo vivido también en los Estados Unidos, entiendo muy bien la relación compleja que se da en estas circunstancias. A pesar de ser las mismas personas, algo sobre la situación nos empuja hacia diferentes comportamientos.

Por qué, nos preguntamos, sentimos la necesidad en Washington de asegurar depositar los desechos en el sitio adecuado, pero no tanto en el Ecuador? Asumiendo la probabilidad de sufrir el castigo de la mano dura de justicia es igual en las dos ciudades, es la diferencia un problema de cultura, o un problema de infraestructura?

La pregunta me hace recordar de uno de los mejores ejemplos de gestión municipal en América Latina: las épocas Mockus-Peñalosa en Bogotá en los años 1990.

Enrique Peñalosa, Antanas Mockus y Sergio Fajardo

El extravagante y excéntrico Antanas Mockus fue alcalde de Bogotá entre 95 – 97 y luego entre 01 – 03. Durante su tiempo en la alcaldía Mockus se hizo mundialmente reconocido por su destrezas como comunicador, sobre todo su capacidad de sorprender con sus trucos publicitarios.

Entre otras cosas, Mockus contrató mimos para burlarse de los choferes en un esfuerzo para mejorar la cultura de conducción; convocó una ‘noche de mujeres’ en la ciudad y pidió a los hombres quedarse en la casa para llamar la atención sobre violencia dirigida a mujeres, y hasta llegó a componer canciones de rap.

Mockus creía firmemente que la cultura social era el factor más difícil de controlar pero más determinante en la calidad de vida de los bogotanos. Muchos de sus esfuerzos, desde luego, eran dirigidos a tratar de hacer conciencia entre los ciudadanos para mejorar el comportamiento y como consecuencia mejorar la ciudad.

Mockus salió de la alcaldía para lanzarse a la presidencia y fue seguido en las próximas elecciones por Enrique Peñalosa, un candidato que Mockus había ganado en elecciones anteriores.

Peñalosa, a cambio de Mockus, creía que la estructura e infraestructura de una ciudad determina los costumbres, incluyendo los malos costumbres. Su enfoque se volvió realizar obras grandes, y puso en marcha la red de ciclovías, el transmilenio (como la ecovía de Quito), un programa para crear bibliotecas en barrios de bajos recursos, y recuperar muchos espacios públicos como parques.

Aunque en algún momento de sus vidas eran adversarios políticos, terminaron apoyándose el uno al otro, y cuándo Mockus regresó a la alcaldía en 2001, continuó con muchas de las obras de Peñalosa. Los dos, junto al Sergio Fajardo, el actual gobernador de Antioquia y ex-alcalde de Medellín, son reconocidos como los mejores administradores municipales de América Latina.

Regresando a la caca de perro, ¿cómo hacemos para que los dueños de perros recojan los desechos? ¿Es por cultura o infraestructura?

Afrente de mi casa hay un parquecito que recién fue restaurado. Entre las nuevas adiciones hay un letrero que pide a los dueños de perros recoger los desechos, y un nuevo basurero.

Antes, la única defensa del parque era un viejito histérico que gritaba a todos los dueños de perros que andaban por ahí, sin importar si tenías la funda en la mano o no. El cargaba la cruz de enseñar valores a la sociedad, aunque su vigilancia bajaba durante las horas de siesta, y estoy seguro de que se está cortando su vida por tanto estrés autoimpuesto. Cambiar a Quito uno por uno si cansa.

En la tradición de Peñalosa, el parque no solamente exige más disciplina, sino que también lo facilita.

Antes no había un basurero entre 400-500 metros, lo cual hacía que algunas personas dejaban la caca sin recoger, y otras personas si recogían pero dejaban las fundas en el parque. Con el basurero, algunos anteriores criminales se volvían respetuosos a las leyes.

En Suiza donde yo vivía, cada 200-300 metros no solamente se encuentran basureros, pero también dispensadores de fundas plásticas biodegradables que existen con el propósito explícito de facilitar la recolección de desechos caninos.

Espera! Grita el lector conservador ya ofendido por el malgasto de fondos públicos sin lugar a dudas por gobiernos socialistas malvados. Los dueños de los perros deben asumir el costo, no el estado! Hoy son fundas, ¡mañana seremos Cuba!

El punto del lector tiene mucho sentido, pero la pregunta es el siguiente: ¿nos importa más insistir en quién paga la cuenta, o nos importa más no pisar en caca suelta? Yo, personalmente, opino que la segunda es preferible.

En otras palabras, por crear la infraestructura vital, podemos generar mejores comportamientos, porque bajamos el costo de comportarse bien.

Si tengo acceso a fundas gratis y si tengo basureros disponibles, la probabilidad de que voy a hacer la cosa correcta cambia drásticamente.

Siempre va a haber personas que no les importan los demás y que van a ser indiferentes de todas formas. No obstante, si nuestro deseo es tener calles y parques más limpios, la manera más fácil de hacerlo es por crear la infraestructura que hace la diferencia para la persona que tiene voluntad pero que no tiene medio.

Este sistema me sirvió muchas veces en Suiza y recién me salvó en la Carolina.

Mi perrita, seguramente después de haberse pegado una fanesca (asumo), ya hizo uso de la una funda que había traído.

Decidió dejar otra pepita, y por suerte me acordé que el municipio si ofrece fundas en sus basureros en la Carolina.

Me fui, cogí la funda, y regresé a recoger, mejorando el día de algunos corredores que tal vez iban a dejar la pista para rebasar solo para arrepentirse después.

Tener la infraestructura no es suficiente, sin embargo, sin hacer que el pueblo contemple la diferencia entre comportamiento bueno y el comportamiento malo.

En mi parque el letrero pide muy severamente que el dueño del perro cumpla con sus responsabilidades sociales.

Varios estudios, incluyendo algunos subrayados por los economistas de la serie de libros Freakonomics, han mostrado que los pedidos fraseados en términos negativos no funcionan.

Lo que funciona mejor es escribir el pedido de forma positiva o mostrar que el mal comportamiento pertenece a una minoría de la gente.

“80% de los dueños de perros si recogen sus desechos” es más efectivo en producir el resultado deseado que “no dejes los desechos de su perro sin recoger.”

En otras palabras, no es suficiente simplemente mandar un mensaje: hay que pensar científicamente en cómo expresarlo para optimizar el impacto.

Como soy extranjero, mucha gente trata de explicarme cómo son los ecuatorianos. Como si fuera fácil generalizar sobre 15 millones de personas de diferentes culturas, etnicidades, regiones, y hasta idiomas, me cuentan de sus conclusiones basadas en anécdotas y en general con una falta de datos.

Mi punto aquí es que nadie entiende bien cómo son o como pueden ser los ecuatorianos, porque en muchos casos nos falta la infraestructura para generar el comportamiento que queremos ver.

Sería genial si todo el mundo se portara como debería, pero al final tenemos que aceptar al mundo como es, no como quisiéramos que fuera.

Una vez que aceptamos el reto de tratar de generar mejores comportamientos, tenemos que ser conscientes de cómo implementar la infraestructura que va a facilitar los costumbres que queremos enfatizar.

Después tenemos que desarrollar estrategias de comunicación para subrayar la necesidad de cambiar. Estas estrategias no deben ser basadas en la manera que queremos presentar el mensaje, sino con la presentación que va a hacer que los mensajes sean más efectivos.

Finalmente, si realmente queremos ver cambio, tenemos que llamar la atención a las personas que no cumplan, incluyendo nuestros parientes e amigos. No quiero decir que nos volvamos como mi vecino viejito, pero en algún momento tenemos que dejar de exigir que nuestros políticos implementen cambios y empezar nosotros mismos a ayudar en catalizar cambio.

En otras palabras, para vivir libre de caca callejera, necesitamos ser un poco de Mockus, un poco de Peñalosa, y un poco del viejito histérico.

 

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Acerca de Matthew Carpenter-Arevalo

A former Google and Twitter manager, Matthew Carpenter-Arévalo is the founder and CEO of Céntrico Digital, Ecuador´s foremost boutique digital marketing agency.
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